-En lugar de especular tanto… ¿Por qué no ponemos la tele a ver que dicen?- propuse alegremente.
-No tenemos TDT- aclaró Peter.
-Pero aún no se ha dado el apagón analógico, listo- arremetí.
Me levanté del sofá para encender el televisor… pero no había señal. La pantalla se veía como codificada y no pude hacer otra cosa que poner mis manos sobre ella. Hice como que entraba en trance y me dí la vuelta hacía mis compañeros de piso diciendo “Ya están aquí”.
Bromas aparte, no teníamos ni pajolera idea de porque seguíamos bajo tierra.
-¿Y si intentamos hacer una llamada al exterior?- pensó Ras en voz alta.
-¿Por teléfono?- preguntó Fray.
-No, a viva voz, no te jode…- la tensión ya se notaba en el aire.
-Pero: ¿te refieres al fijo o al móvil?
Aprovechando que estaba sentada en el suelo, salté hacía el fijo y le di al botoncito.
-¡¡Hay linea!!
-Y ¿a quién demonios llamamos?
-Al demonio- dije sin ton ni son.
-¿A Lurleen?- se extrañó Fray.
-Por ejemplo, gracias por la idea.
Lurleen Lumpkin era una muy buena amiga de “La Familia”. La conocimos porque solía ser la camarera de un bar del que éramos clientes habituales. El garito se llamaba Texas y era un pub donde podías escuchar country añejo mientras degustabas un buen tequila reposado.
Y Lurleen es simplemente, encantadora. No se llama así realmente, pero como lleva siempre pintas de vaquera redneck de los United, la hemos apodado así. También se la conoce como Demonio Malone Junior, que era el nombre que su padre tenía en un grupo de moteros llamado Los Demonio del Asfalto. Demonio Malone Senior se había embarcado en la aventura de dar la vuelta al mundo en su Chopper y no se le había vuelto a ver en años.
En lo que respecta al Texas, lo cerraron y pusieron en el local, un puticlub. Pero para cuando eso pasó, ella ya formaba parte de nuestro círculo de amigos y protegidos. Ahora Lurleen trabaja a tiempo parcial en la gasolinera de General Mitre.
-No tenemos TDT- aclaró Peter.
-Pero aún no se ha dado el apagón analógico, listo- arremetí.
Me levanté del sofá para encender el televisor… pero no había señal. La pantalla se veía como codificada y no pude hacer otra cosa que poner mis manos sobre ella. Hice como que entraba en trance y me dí la vuelta hacía mis compañeros de piso diciendo “Ya están aquí”.
Bromas aparte, no teníamos ni pajolera idea de porque seguíamos bajo tierra.
-¿Y si intentamos hacer una llamada al exterior?- pensó Ras en voz alta.
-¿Por teléfono?- preguntó Fray.
-No, a viva voz, no te jode…- la tensión ya se notaba en el aire.
-Pero: ¿te refieres al fijo o al móvil?
Aprovechando que estaba sentada en el suelo, salté hacía el fijo y le di al botoncito.
-¡¡Hay linea!!
-Y ¿a quién demonios llamamos?
-Al demonio- dije sin ton ni son.
-¿A Lurleen?- se extrañó Fray.
-Por ejemplo, gracias por la idea.
Lurleen Lumpkin era una muy buena amiga de “La Familia”. La conocimos porque solía ser la camarera de un bar del que éramos clientes habituales. El garito se llamaba Texas y era un pub donde podías escuchar country añejo mientras degustabas un buen tequila reposado.
Y Lurleen es simplemente, encantadora. No se llama así realmente, pero como lleva siempre pintas de vaquera redneck de los United, la hemos apodado así. También se la conoce como Demonio Malone Junior, que era el nombre que su padre tenía en un grupo de moteros llamado Los Demonio del Asfalto. Demonio Malone Senior se había embarcado en la aventura de dar la vuelta al mundo en su Chopper y no se le había vuelto a ver en años.
En lo que respecta al Texas, lo cerraron y pusieron en el local, un puticlub. Pero para cuando eso pasó, ella ya formaba parte de nuestro círculo de amigos y protegidos. Ahora Lurleen trabaja a tiempo parcial en la gasolinera de General Mitre.
Lurleen: Tía, me pillas por los pelos
Foxy: Dios me salve de pillarte por la cabellera…
Lurleen: Eso son cosas de indios, pero si tenemos que esperar que Dios te salve, a ti…
Foxy: Demonio Malone, tu tampoco irás al cielo y lo sabes…
Lurleen: ¿Qué tal terminó la noche? Lo siento pero te perdí
Foxy: ¿Es que estuve contigo?
Lurleen: Sí, hasta el momento en que un desconocido se te acercó y te dijo “Foxy, tenemos que hablar… el cristal ha vuelto al barrio”. No lo entendí muy bien, la verdad.
Foxy: ¿Me conocía?
Lurleen: Pues supongo… ¿no te acuerdas?
Foxy: Mejor si me haces un resumen…
Ya se me había ido de la cabeza el motivo por el que la había llamado. Además, lo que estaba apunto de contarme, me interesaba en alto grado.
Lurleen: Pues a las tantas de la madrugada, me llamaste para ir al Puertohurrako… Me extrañó, pero acababa de salir de mi turno de tarde-noche de la gasolinera y me apetecía una copa, así que acepté tu invitación.
Foxy: Sigue comadre, que aun no desvelaste nada (leer en tonillo mexicano)
Lurleen: Bueno, entramos y pedimos unos chupitazos de tequila y, después de eso, ya vino ese colega tuyo y os fuisteis juntos al lavabo.
Foxy: ¿Me lo puedes describir?
Lurleen: Pues la verdad es que no le vi muy bien. El Puertohurrako es oscuro y todo eso…
Foxy: ¿Qué estabas mirando que no velabas por mí?
Lurleen: A eso iba. ¿A que no sabes quién estaba en el Hurrako?
Foxy: ¿Te he dicho ya que ni recuerdo haber estado allí
Lurleen: Sí, perdona. Pues estaba Frankie, nena.
Foxy: ¿No? ¿De verdad?
Lurleen: Sí… y volví a imaginármelo vestido de vaquero y… Yiiijaa
Foxy: ¿Te lo tiraste?
Lurleen: Sí. De hecho estoy en su casa…
Foxy: ¿Con su mujer? Róbale algo, porfa…
Lurleen: No… es que verás, tengo que contarte muchas cosas.
Foxy: Vale Lur, pero no te embales que los lectores no se están coscando de nada. Dame un momento que les cuente la historia de Frankie.
Lurleen: ¿Puedo hacerlo yo?
Foxy: No sé si serás del todo objetiva, pero por mí… todo tuyo.
Pues veréis, estaba yo un viernes que tenía libre, en la barra del Honky Tonk Blues Bar, saboreando un José Cuervo con lima (porque, la verdad, no me sabe mal estropear ese tequila con un toque de sabor tropical), cuando irrumpió en el lugar un tipo con una cara muy simpática.
Yo sorbía de mi pajita y no le quitaba ojo de encima. Se acodó en otro apoyadero que le dejaba justo delante de mi… Me pareció que bebía un gin tonic.
Su gesto era amigable, entre tímido y seductor. Tal vez por eso, decidí seguir bebiendo: tener una excusa para seguir observándole.
Aquel tío canoso me seguía el juego y, copa tras copa, las distancias fueron haciéndose más cortas, hasta que llegó la hora de cerrar.
La mayoría de la gente se había ido marchando, hasta que finalmente solo quedaron los dueños, un semi-anciano borracho, él y yo.
El viejuno pareció caerse del taburete y, servicial, me dirigí a ayudarle. Fue en aquel momento en el que me despisté cuando empecé a oír las teclas de uno de los pianos que tienen en el local.
Me dí la vuelta y, allí estaba, sentado en la banqueta, el hombre de los gintonics, tocando una suerte de blues-soul, llevándome a nadar hasta las aguas del Mississipi.
Sin darme ni cuenta, mojada como estaba de pasearme por el río en mis ensoñaciones, me fui acercando al piano y cuando por fin llegué, preparé un par de rayas sobre la tapa y le cedí un rulo al hombre canoso.
Fue osado, ya lo sé, pero era una buena forma de no usar las palabras para dar comienzo a lo que tenía que acontecer posteriormente.
Foxy: Te estas enrollando un montón
Lurleen: Ai, Fox, deja que lo cuente bien
Foxy: Tal vez tu historia merezca un capítulo entero…

Qué gran referencia la de Lurleen Lumpkin.
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