domingo, 24 de mayo de 2009

Viaje al final de la noche

Aquella era la primera vez en la vida que dormía bajo un platillo volante. La situación de nervios, curiosidad y excitación, no era muy propicia para el sueño pero, considerando que la noche anterior no había dormido, era meramente necesario.
Como tenía la cara quemada y me picaba, tuve que dormir boca arriba (panxa enlaire!).
Acostarme mirando el techo me recordaba a mi temporada en el hospital. Hacía dos años, había pillado una papa increíble que había terminado en coma etílico. A raíz de aquello, había empezado a tener ataques de amnesia, a olvidar a las personas… Cuando desperté del coma, pregunté por Néstor, pero nadie sabía a ciencia cierta quien era.
Lo primero que vi fue a mis padres y a Ras, cogiéndome una mano al lado de la camilla llorando de ilusión. Después de todo aquello, me había quedado un vacío interior que llenaba con culturilla, amigos y, mucha y diversa, droga.
Desde que visitaba de vez en cuando Casa Aurelio, había empezado a tener recuerdos extraños sobre efectos de mi vida anterior al coma.
Aquella noche, fueron sueños lo que tuve…

Como si de un audio-libro se tratara, empecé a oír en mi cabeza el famoso poema de Quevedo de Amor constante más allá de la muerte. Empezaba mi propia voz: Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra que me llevare el blanco día…
Y seguía otra voz, esta masculina, que me era familiar, pero que no conseguí asociar a ninguno de mis allegados: Y podrá desatar esta alma mía hora a su afán ansioso lisonjera…
Y seguía recitando sobre una pantalla nocturna con un cielo copado de estrellas, muy a lo Star Wars.
Concluía: Polvo serán, más polvo enamorado…
Tras una vorágine de colores, se dibujó en mi mente la imagen de Trafalgar Square. Me encontraba al pie del monumento al General Nelson rodeada de gente de todos los tipos que vestían ropas coloridas y se mostraban alegres…
Entonces un traje gris con camisa blanca se me acercaba. Era una figura sin rostro. Me tendía la mano…
Yo se la cogía y le decía: Encantada…
Juntos recorríamos todos y cada uno de los rincones de la ciudad de Londres. Terminamos sentados frente al Támesis compartiendo una tableta de chocolate. De aquel sueño emergió un olor a flores que era casi palpable: olía a verano. A verano, a orillas del río más contaminado del mundo (junto con el Llobregat).
-¿Sabes una cosa? Hace algunos años, cuando condenaban a muerte a los londinenses, los ataban en picas en el río cuando llevaba un cauce pequeño. Cuando el cauce crecía, los condenados morían ahogados- explicaba sin tener boca.
-¡Vaya tortura!
-Bueno pues, en la teoría era así, pero dicen que, aquellas pobres almas morían antes de ahogarse, del hedor y la basura que llevaba el Támesis…- aquella era la voz masculina del poema.
-Cuéntame más…
Y de repente nos hallábamos en una playa virgen, la cala baña bañada por el sol de aquel atardecer que nos contemplaba en Londres.
El chico sin rostro (al que llamaremos por el momento Nowhere Man) sostenía una guitarra en las manos y según se acercaba hacía mí, cantando y destrozando canciones de todo tipo, las horas pasaban a una velocidad frenética y, la puesta del astro rey dio paso a una noche limpia de verano.
Cayó la oscuridad cuando llegué a abrazar a Nowhere Man. Cerré los ojos con fuerza para hacer que ese sueño no terminara nunca. Aquel delicioso olor, aquel tacto tan suave, aquel pelito tan sedoso cortado al rollo Príncipe de Becquelar… Empezaba a dibujarse la figura que se escondía tras el anonimato…
Cuando abrí los ojos (dentro del sueño, se entiende)…

-Foxy, no se puede abrir los ojos en un sueño- apunte de Ras.
A mi amiga le gusta analizar sueños y, tiene varios libros que hablan de cosas así. Siempre he creído que tiene un pequeño Freud en la cabeza.
Siguiendo con mi explicación del sueño…

Cuando abrí los ojos, Nowhere Man y yo, rodábamos abrazados por una verde pradera… Aquella imagen fue breve.
Deseé que el final de todo aquello fuera algo así como el final del cutre videoclip de It is raining again de Supertramp. Pero no fue así…
La atmosfera de tornó negra y gris y (sí, en esto si se parecía al videoclip), empezó a llover.
Como si tiraran de mí con fuerza, el chico y yo, nos despegamos del abrazo en el que estábamos sumidos y, le perdía en la lejanía para adentrarme en otro sueño.
Esta vez, estaba subida en un tren. Era una estación que no conocía o que, tal vez, había olvidado. Buscaba a alguien conocido entre la gente cuando el tren emprendió la marcha. Corrí hacia la cola del tren, pasando de vagón a toda prisa, hasta que llegué a la última ventanilla del ferrocarril y saqué la mano.
Alguien la tomó al otro lado: alguien que corría tras del tren, alguien que gritaba mi nombre. Aquella voz, otra vez. Fui el último momento en que pude captar ese olor que poco a poco, se desvanecía.
Estallaba la guerra en los reinos de Morfeo.
Cuerpos mutilados, trincheras, alambradas, cadáveres aquí y allí. No podía parar de correr. Oía caer los misiles y las bombas a mí alrededor. Gritos de desesperación, llantos de mujeres y, también de hombres… Todo aquel ruido de sirenas, megáfonos y disparos me ensordecía. Yo empuñaba una bayoneta y parecía saber a dónde iba. Me metí en una tienda de campaña militar en la que ponía Compañía C.

-Foxy, en los sueños no se puede leer.
-Ya Ras, pero eso es lo que está en mi mente… yo que sé, es lo que recuerdo de los sueños.

Cuando entré en la tienda, vi lo que todos esperáis: el símbolo recurrente de todos los sueños anteriores…
El chico sin rostro ya tenía cara, pero la tenía tan magullada y ensangrentada que ni siquiera podía adivinar donde estaban sus ojos. Lo extraño del caso es que Nowhere Man, se hallaba solo en el interior del lugar.
Asustada, retrocedí sobre mis pasos pero, cuando salí de la tienda, el paisaje había cambiado totalmente.
Tíos cachas vestidos de romanos (muy bajitos, por cierto), corrían de un lado a otro portando arcos, espadas, escudos y demás artillería. Mi bayoneta se había convertido en un mandoble y la tiré al suelo.
El misterioso chico de la cara ensangrentada (porque ahora sí tenía un rostro) gritaba tras de mi dentro de una tienda en la que, a la entrada se veía un estandarte imperial en que se leía “XIII”. Décimo-tercera…
Los gritos de dolor eran desgarradores y a cada paso que daba para alejarme de ellos, me parecía como si me quitaran la piel a tiras. “Aahh, aahhh…” gritaba “¿porqué me haces esto? Quédate conmigo, pequeña”.
Estaba asustada y empecé a correr. Y corrí y corrí durante siglos estelares y edades ciegas, hasta encontrarme con un bar de carretera en medio de la nada.
Era un prostíbulo. Las mujeres destetadas iban de aquí para allí en busca de una copa y algún cliente al que satisfacer por un, no sé si tan módico, precio.
Al fondo del local había una máquina de tabaco. Miré en mis bolsillos y encontré las monedas justas para un paquete…
-Su tabaco, gracias- dije para hacerme la graciosa.
-¿Me dejaste atrás de verdad?- contestó la máquina con aquella voz que llevaba persiguiéndome toda la etapa onírica.
-No… nunca te dejaría atrás- el portero del garito me miraba con cara de pocos amigos al verme hablando con la máquina de tabaco, así que decidí alejarme.
Encendí el cigarrillo y empecé a fumar. El efecto era como el de un ácido alucinógeno muy potente… Empecé a marearme, a sentirme mal… Todo empezó a derretirse y la materia metafísica de mi mente, se convirtió en un charco granate/rojo de sangre. Me empapaba, me hundía, me ahogaba. Sentía el pulso en mi cabeza: toc-toc, toc-toc, toc-toc…


-Néstor, Néstor… - grité cuando me desperté.
Los latidos del corazón no habían cesado. ¿Habría una parte de mi aún dormida? ¿No habría despertado? No, estaba en mi habitación y, la ventana, seguía tapiada con tierra y piedras. Entonces… ¿era mi corazón realmente el que hacía aquel ruido?
Escuché en silencio… Estaban llamando a la puerta.
Cómo estaba medio aturdida, me dirigí a abrir, pero Ras me tomó del brazo y me escondió tras el sofá, que estaba colocado a modo de escondite des del que se podía ver la puerta.
-¿Quién será?- dijo Fray.
-Podría ser algún vecino apurado…- contestó Peter que enfocaba con una linterna hacía la puerta.
-Que no. Que son los extra-terrestres, seguro- concluyó Ras ocultándome con ellos.
Estábamos ridículos de aquella manera. Tenía mal cuerpo debido a los sueños que había tenido. Para una vez que conseguía dormir y mi mente se dedicaba a seguir atormentándome. Decidí salir de dudas:
-Ras, me gustaría saber algo antes de que ese hombre del espacio pronuncie el Klaatu Barada Nikto…
-No vamos a morir ¿me oyes?- estaba tan dramática como las protagonistas que luchan por sobrevivir en las pelis gore.
Tenía el miedo en el cuerpo aunque intentaba mantener la calma.
“Toc-toc, toc-toc…” volvieron a llamar.
-Da igual, he de saberlo: ¿quién coño es/era Néstor? ¿Y porque digo su nombre de vez en cuando?
-Querida: Néstor es el que quedó atrás.

(Con un título como ese, en referencia a Céline; el capítulo no podía ser corto. Siento haberos hecho sangrar los ojos una vez más).

viernes, 22 de mayo de 2009

Frankie M.

La M es por Mississipi. Puestos a poner apodos, no le dejemos a él sin. Además, suena muy Bonnie M., como el nombre de Rasputón.
Cómo os iba diciendo, Frankie y yo nos conocimos en un bar pero terminamos en mi cama.
Frankie besa como nadie: tiene pasión, garra, sensualidad… Y una barriguita de treintañero que me vuelve loca.
Aparte, es músico. Nenas, nunca os liéis con músicos: traen muchos problemas.
Cuando le conocí, era un hombre casado. Nenas, nunca os liéis con hombres casados: también traen muchos problemas.
Este cumplía el cupo de la negación pero, para cuando me di cuenta de todo eso, ya era demasiado tarde: me había enamorado (sólo un poquito).
Frankie me llevaba en Vespa (¡Sacrilegio: qué no me vea mi padre!) de aquí para allí, mostrándome los rincones que formaban parte de su vida, hablándome sobre música, sobre su infancia, sobre su familia, sobre su pasión por la comida.
-Sólo cuando como foie, se para el tiempo- decía para añadir luego- Bueno, y cuando tu sonríes también.
Otro día que me vino a buscar a la gasolinera a media mañana, me llevó a una sala de ensayos y tocándome al teclado la melodía final del Layla de Clapton, me bautizó como el acorde de Si bemol: inesperado, pero delicioso y factible. La clave para redondear el tema.
Yo no sé mucho sobre música, pero aquello me llegó al alma.
Lo peor de todo fue cuando, entre copas y un ajedrez, decidió contarme que era un hombre casado:
-Lurleen, no podemos estar juntos…
-¿Por qué?
-Esto va a doler, por eso te he estado invitando toda la tarde…
-Vamos, dispara vaquero- me encantaba dibujarle en mi mente como un ramadero tejano… Además, iba borracha.
-Estoy casado
-Anda ya… y ¿Por qué no llevas una sortija?
-Porque me molesta para tocar el piano
Cogí mis cosas y, como una tonta, me largué llorando.
Desde aquel momento, supe que no volvería a saborear a Frankie de la misma manera. Sus besos seguirían siendo geniales, pero ahora sabía que debía compartirlos con otra mujer.
Cuando llegué a mi casa hecha una magdalena, recibí un mensaje en mi móvil: Estoy en tu puerta, ábreme.
Aquello iba a ser como una droga imposible de dejar.
Follamos como bestias: nos besamos, nos arañamos, nos rasgamos la ropa (como Camarón) y, al final de todo, cuando tuve el último orgasmo, no pude contener el llanto.
Debió de dolerle mucho la situación porque se encargó de poner tierra de por medio. Una gira por la península, era la mejor excusa para que nadie cometiera una locura. Ah, y también para poder disfrutar de la gastronomía ibérica que tan dura se la ponía.
Volvimos a vernos unos meses más tarde, en una discoteca.
Había estado esperando todo aquel tiempo para volver a mirarle a la cara, esta vez con decencia, espetándole todo lo que me había dolido, el daño que me había hecho, lo mal que había actuado… pero no pude.
Copa tras copa, se me nubló la vista y cuando quise darme cuenta, me estaba dando el lote con una chica que ni siquiera sabía como se llamaba.
Mister Mississipi me cogió en brazos cuando caí rendida en un K.O a favor del alcohol. Me llevó a casa, me tumbó en la cama y empezó a quitarme la ropa…
Yo iba tan borracha, que no sabía muy bien si quería tirármelo o iba a ser nocivo para mi salud mental.
Todo fluyó sin forzar nada, sobraron las palabras.
Por la mañana, desperté con aquella barriguita a mi lado y la cara bonachona de un Frankie que dormía. Le desperté con una mamada…
-Lurleen, Lurleen… he vuelto con mi mujer.
Yo, que se la estaba chupando, casi me ahogo al oírlo.
-Entonces ¿qué haces aquí? Lárgate- ardí en cólera.
Y no volví a verle hasta el día del Puertohurrako.
Salí con Foxy a tomar unos vasitos de tequila cuando un guacho se acercó a ella con extrañas palabras y se fueron juntos al Wc.
Me di la vuelta en la barra para disimular que me habían dejado sola y entonces le vi.
Me miraba, pero seguía hablando con sus acompañantes. Le sostuve la mirada y poco a poco, fui acercándome. Le puse un dedo en la espalda y noté que estaba tenso.
-Cuanto tiempo ¿no Frank?
-Pues sí, Lurleen.
Tiene la tonta idea de que la palabra que más le gusta oír a una persona, es su propio nombre, así que, si quería dormir acompañada, debe invitarle al placer repitiendo su nombre en cada frase. Probé si me seguía el juego…
-¿Qué haces una noche como hoy en el Hurrako, Frank?
-Pues he venido a pillar Lurleen, como todos
-A pillar qué, Frank- me hice la tonta
-A pillarte a ti Lurleen…- y se me acercó más, tocándome la pierna tímidamente.
Aquello funcionaba y le propuse que nos fuéramos. Cogió las llaves de su coche y nos largamos.
Cómo no vi a Foxy, no la avisé de que me iba, pero ella sabía cuidarse sola.
Me sentía en un flashback emocional: allí, sentada en aquel coche en el que tantos besos había recibido, con aquel hombre de pelo canoso con el que tantas veces había dormido, aquel olor a noche joven que tan frenética me ponía cuando se me alteraban las hormonas…
Cuando bajé de mi nube, me di cuenta de que no íbamos hacía mi casa.
-¿Dónde me llevas?
-A mi piso.
¿Estaría su mujer en casa? ¿Iría muy borracho para pensar en las consecuencias? Daba igual, por fin iba a ver donde habitaba mi vaquero…
Aparcó el coche en la zona verde y nos bajamos. Frankie me llevaba de la mano mientras iba abriendo puertas…
Cuando llegamos al piso, sacó dos copas de cristal de bohemia y las llenó de un Vega Sicilia que dijo, hacía tiempo que guardaba.
Cigarrillos, vino y cocaína era nuestro arsenal para una noche de desenfreno…
La ropa fue cayendo por su propio peso y a las siete de la mañana nos invadió un deseo mutuo de hacernos el amor mientras salía el sol.


-Bien Lurleen, tampoco has sido muy pastel…- la felicité
-¿He estado bien?
-Sí, pero me has jodido
-¿Por qué?
-Porque ya no recuerdo porque te llamaba…
-¿Estas en apuros?- quiso saber
Se encendió alguna neurona en mi cabeza.
-Sí, sí… enciende la tele de Mississipi y dime que ves.
-¿Qué canal?
-El que sea, alguno en el que veas noticias, yo que sé, Btv… me da igual.
Se hizo el silencio. Supuse que Lurleen buscaba el mando a distancia o enchufaba la tele.
-Espera, mientras arreglo esto dime… ¿crees que Frankie habrá dejado a su mujer y por eso vive ahora en este piso?
-Puede ser, pero no me despistes, a lo que estamos, vaquera…
-Es que no sé que pensar
-Pues no pienses y dale caña a la tele
-Ya esta no tiene sonido…- aclaró- JO-DER TIA!!! Hay un jodido platillo volante sobre tu edificio.

Lurleen Lumpkin

-En lugar de especular tanto… ¿Por qué no ponemos la tele a ver que dicen?- propuse alegremente.
-No tenemos TDT- aclaró Peter.
-Pero aún no se ha dado el apagón analógico, listo- arremetí.
Me levanté del sofá para encender el televisor… pero no había señal. La pantalla se veía como codificada y no pude hacer otra cosa que poner mis manos sobre ella. Hice como que entraba en trance y me dí la vuelta hacía mis compañeros de piso diciendo “Ya están aquí”.
Bromas aparte, no teníamos ni pajolera idea de porque seguíamos bajo tierra.
-¿Y si intentamos hacer una llamada al exterior?- pensó Ras en voz alta.
-¿Por teléfono?- preguntó Fray.
-No, a viva voz, no te jode…- la tensión ya se notaba en el aire.
-Pero: ¿te refieres al fijo o al móvil?
Aprovechando que estaba sentada en el suelo, salté hacía el fijo y le di al botoncito.
-¡¡Hay linea!!
-Y ¿a quién demonios llamamos?
-Al demonio- dije sin ton ni son.
-¿A Lurleen?- se extrañó Fray.
-Por ejemplo, gracias por la idea.
Lurleen Lumpkin era una muy buena amiga de “La Familia”. La conocimos porque solía ser la camarera de un bar del que éramos clientes habituales. El garito se llamaba Texas y era un pub donde podías escuchar country añejo mientras degustabas un buen tequila reposado.
Y Lurleen es simplemente, encantadora. No se llama así realmente, pero como lleva siempre pintas de vaquera redneck de los United, la hemos apodado así. También se la conoce como Demonio Malone Junior, que era el nombre que su padre tenía en un grupo de moteros llamado Los Demonio del Asfalto. Demonio Malone Senior se había embarcado en la aventura de dar la vuelta al mundo en su Chopper y no se le había vuelto a ver en años.
En lo que respecta al Texas, lo cerraron y pusieron en el local, un puticlub. Pero para cuando eso pasó, ella ya formaba parte de nuestro círculo de amigos y protegidos. Ahora Lurleen trabaja a tiempo parcial en la gasolinera de General Mitre.


Lurleen: Tía, me pillas por los pelos
Foxy: Dios me salve de pillarte por la cabellera…
Lurleen: Eso son cosas de indios, pero si tenemos que esperar que Dios te salve, a ti…
Foxy: Demonio Malone, tu tampoco irás al cielo y lo sabes…
Lurleen: ¿Qué tal terminó la noche? Lo siento pero te perdí
Foxy: ¿Es que estuve contigo?
Lurleen: Sí, hasta el momento en que un desconocido se te acercó y te dijo “Foxy, tenemos que hablar… el cristal ha vuelto al barrio”. No lo entendí muy bien, la verdad.
Foxy: ¿Me conocía?
Lurleen: Pues supongo… ¿no te acuerdas?
Foxy: Mejor si me haces un resumen…

Ya se me había ido de la cabeza el motivo por el que la había llamado. Además, lo que estaba apunto de contarme, me interesaba en alto grado.

Lurleen: Pues a las tantas de la madrugada, me llamaste para ir al Puertohurrako… Me extrañó, pero acababa de salir de mi turno de tarde-noche de la gasolinera y me apetecía una copa, así que acepté tu invitación.
Foxy: Sigue comadre, que aun no desvelaste nada (leer en tonillo mexicano)
Lurleen: Bueno, entramos y pedimos unos chupitazos de tequila y, después de eso, ya vino ese colega tuyo y os fuisteis juntos al lavabo.
Foxy: ¿Me lo puedes describir?
Lurleen: Pues la verdad es que no le vi muy bien. El Puertohurrako es oscuro y todo eso…
Foxy: ¿Qué estabas mirando que no velabas por mí?
Lurleen: A eso iba. ¿A que no sabes quién estaba en el Hurrako?
Foxy: ¿Te he dicho ya que ni recuerdo haber estado allí
Lurleen: Sí, perdona. Pues estaba Frankie, nena.
Foxy: ¿No? ¿De verdad?
Lurleen: Sí… y volví a imaginármelo vestido de vaquero y… Yiiijaa
Foxy: ¿Te lo tiraste?
Lurleen: Sí. De hecho estoy en su casa…
Foxy: ¿Con su mujer? Róbale algo, porfa…
Lurleen: No… es que verás, tengo que contarte muchas cosas.
Foxy: Vale Lur, pero no te embales que los lectores no se están coscando de nada. Dame un momento que les cuente la historia de Frankie.
Lurleen: ¿Puedo hacerlo yo?
Foxy: No sé si serás del todo objetiva, pero por mí… todo tuyo.

Pues veréis, estaba yo un viernes que tenía libre, en la barra del Honky Tonk Blues Bar, saboreando un José Cuervo con lima (porque, la verdad, no me sabe mal estropear ese tequila con un toque de sabor tropical), cuando irrumpió en el lugar un tipo con una cara muy simpática.
Yo sorbía de mi pajita y no le quitaba ojo de encima. Se acodó en otro apoyadero que le dejaba justo delante de mi… Me pareció que bebía un gin tonic.
Su gesto era amigable, entre tímido y seductor. Tal vez por eso, decidí seguir bebiendo: tener una excusa para seguir observándole.
Aquel tío canoso me seguía el juego y, copa tras copa, las distancias fueron haciéndose más cortas, hasta que llegó la hora de cerrar.
La mayoría de la gente se había ido marchando, hasta que finalmente solo quedaron los dueños, un semi-anciano borracho, él y yo.
El viejuno pareció caerse del taburete y, servicial, me dirigí a ayudarle. Fue en aquel momento en el que me despisté cuando empecé a oír las teclas de uno de los pianos que tienen en el local.
Me dí la vuelta y, allí estaba, sentado en la banqueta, el hombre de los gintonics, tocando una suerte de blues-soul, llevándome a nadar hasta las aguas del Mississipi.
Sin darme ni cuenta, mojada como estaba de pasearme por el río en mis ensoñaciones, me fui acercando al piano y cuando por fin llegué, preparé un par de rayas sobre la tapa y le cedí un rulo al hombre canoso.
Fue osado, ya lo sé, pero era una buena forma de no usar las palabras para dar comienzo a lo que tenía que acontecer posteriormente.

Foxy: Te estas enrollando un montón
Lurleen: Ai, Fox, deja que lo cuente bien
Foxy: Tal vez tu historia merezca un capítulo entero…

¿Kastapasan?

-Dejemos de chuparnos las pollas con los asuntitos de faldas y bragas- terminó Fray.
De repente, reaccioné y volví al mundo. ¡Mierda, aún estábamos bajo tierra! Y lo peor de todo, acababa de ser consciente de ello.
-¿Kastapasan? (traducción simultánea: ¿Qué está pasando?- exclamé como si acabaran de echarme un cubo de agua fría por encima.
Corrí hacía mi habitación. Como era de esperar, estaba todo patas arriba: un bola de ropa tirada sobre la cama, velas e incienso por todos lados, uno de mis pósters medio caído debido a alguna noche loca, una cachimba hecha con un bote de Pringles, muñecotes por aquí y por allí…
Buscaba mi mochila a toda costa. Tras mucho remover, la encontré en un rincón, llena de una especie de arena o barro por encima. La abrí para encontrar algún indicio de mi vinculación con los sucesos que estaban teniendo lugar a nuestro alrededor. Dentro encontré: mi portátil, muchas colillas, un paquete de tabaco medio vacío, una bolsa de la tienda de petardos de la Avenida Roma con petardos dentro, unas gafas de sol y una bolsita con un cristal marroncito y misterioso. Metí un dedito para comprobar que era lo que me temía.
Empecé a preguntarme porque había salido por la noche con toda aquella mierda en la mochila. Me senté en la cama para pensar con más claridad… Y entonces me di cuenta que estaba sentada sobre tierra.
La ventana de mi habitación estaba abierta y de ella salía un cable.
-MIERDAAAAAA!!- grité con todas mis ganas.
No sabía muy bien si gritaba porque el cable se había quedado enchufado gastando mucha luz (maldita factura) o porque se trataba del cable de mi foco de Batman.
Sí, la verdad es que no tengo un puto duro y, la pasta que consigo, la gasto en gilipolleces así. Pero no pude evitarlo, me enamoré del foco en cuanto lo vi: era un foco de mucha potencia que conseguía reflejar en el cielo la silueta mítica del justiciero de DC. Era mi modo de convertir Barcelona en Gotham City (y no como el comicucho este que han sacado ahora del hombre murciélago en la ciudad condal).
Desenchufé el foco para que dejara de gastar luz y regresé al salón.
Mis compañeros de piso estaban igual de rallados que yo: Ras miraba hacía la pared; Fray, sentado en el suelo, miraba a una de sus gatas que estaba en el tirada en el sofá y Peter, no dejaba de quitarse y ponerse su maldita gorrita.
-¡Oye peña, que estamos bajo tierra, joder!
-Yo creo que esto ha sido un rebote de la naturaleza contra el humano- se iluminó el Fray más místico.
-Pues puede que se haya caído parte de Collserola sobre el Montbronx- se entristeció Ras – Y yo tenía que ir mañana al Caprabo.
-¿Y tu? ¿Qué dices, Peter?
Peter estaba como en trance…
-Nos hemos caído de Matrix fijo. Algo debe de haber fallado.
A cual más flipado, nos pusimos a hacer teorías sobre lo que podía estar pasando.
Volví a mi habitación y, tras tirar las piedras y la tierra al suelo, me senté en mi cama y puse frente a mí lo que había encontrado dentro de la mochila. Me disponía a meditar…
La bolsita de cristal llevaba el sello de Casa Aurelio. No es que llevara un sello, sino que el señor Aurelio solía pasar la mercancía en ese tipo de mini-bolsas. Eso y las colillas (una, que es muy respetuosa con la naturaleza), indicaban que había subido a Collserola la noche anterior.
¿Cuántos petardos hubiera necesitado para volar una parte de la montaña? No, una cantidad tan ínfima de pólvora, no podía romper las piedras. Además, no dudaba de una cosa: no había comprado dinamita.
Las gafas de sol por la noche, insistían en el tema de que había salido a pegarme una fiesta, pero… tenía algo en mente que ya no recordaba.
Decidí ducharme para despejar la mente. Me metí en la ducha y al abrir el grifo, empezó a picarme la cara como si tuviera restitos de arena y se me deslizara sal de las mejillas (ya sabéis, la típica duchita después de un día de playa). Salí del baño en paños menores…
-Para un momento Foxy: ¿qué te ha pasado en la cara?- se sorprendió Peter.
Todos se acercaron a mirarme y huí a buscar un espejo a toda prisa. Los de baño estaban empañados por el vapor y no podía verme.
-Tía, deja de correr, tienes la cara quemada- me gritó Ras.
-¿Qué? ¿Cómo voy a tener la cara quemada?
-Sí, debiste ir a unos rayos UVA anoche, sin decirme nada y, te dormiste.
-Con el colocón que llevaba, no me extrañaría- añadió Peter.
Le lancé una de esas miradas que matan pensando “Algún día te cortaré la lengua”.
-Pongámosle cabeza: ¿Qué coño hiciste anoche?
Por desgracia, cuanto más me presionaban, más me costaba recordarlo.
Me sentía apenada y, un poco responsable, aunque no sabía porque. Tal vez mi egocentrismo me hacía pensar que yo tenía la culpa de todo aquel embrollo que, bien pudiera ser natural.
Un terremoto, un huracán, erosión de la montaña… ¿quién sabe?
Me encerré en mi cuarto con los gramitos de cristal y, pensé “Si me meto esto, igual se aclara mi mente y logro recordar algo”.
Chupé un poquito… Aquello era lo más bestia que había probado en mucho tiempo.
Empecé a dar vueltas de pie, en la cama… Las paredes tomaban vida propia, cambiando la morfología de la habitación, pero todo era fantástico.
Tuve un flash: un sitio oscuro, un lavabo…
Después otro flash: un coche, un Alfa Romeo, la carretera de la Rabassada…
Y otro más: mi portátil y mi tarjeta de sonido…
¿Dónde estaba mi tarjeta de sonido? No la había visto en el interior de la mochila así que volví a mirar.
Al acercarme la mochila a la cara para buscar, encontré un adaptador de XLR, pero la tarjeta no estaba.
Un último flash, esta vez auditivo: cinco notas se repetían en mi cabeza, una y otra vez, cada tono con más intensidad que el anterior…
Me tapé los oídos y me mareé.
Para cuando me desperté, seguía en mi habitación y no sabía cuanto tiempo había pasado. Miré el reloj: eran las seis y media de la tarde, aún era pronto. O tal vez no…

lunes, 11 de mayo de 2009

¿Podemos hablar de amor?

No sabía muy bien porque mi picor en los ojos y mi dolor en los oídos tenían alguna relación con lo que acababa de pasar. Pero teniendo en cuenta que mi único superpoder es el de flipar (con drogas o sin ellas, no os engañéis), no podía estar muy segura de ello.
Intenté reconstruir los acontecimientos de la noche anterior: la conversación con Peter, salir de casa para ir a… ¡Mierda! No conseguía recordar lo que había hecho la noche anterior, ni a dónde había ido, ni con quién…
Muchas otras veces me había pasado el tener amnesia sobre las travesuras que llevaba a cabo colocada, pero nunca había sido motivo de gran preocupación o demasiada sospecha.
-Ei carapenes, yo no puedo quedarme aquí. Tengo una puta cita- se quejó Fray.
-Pues ve pensando en una forma de salir porque estamos sepultados bajo el suelo.
-¿Se nos acabará el oxigeno? ¿Moriremos?- dijo Rasputón asustada.
-No, joder, claro que no, esto es ciencia ficción, hermanos…
-Pero ¿esto no era un blog íntimo?- se alertó Peter sacando la cabeza de debajo de la mesa dónde se había quedado en el capítulo anterior.
-Pues supongo, más o menos- quise explicarle.-Yo había pensado en un blog rosa semi-marrón con aires de science fiction, y amenazas extraterrestres y temazos , así y, luego construiré una maqueta y…
-Cálmate, no te flipes. Con el blog tenemos suficiente- me tranquilizó Rasputón.
-Y ¿ahora que hacemos aquí encerrados?- volvió a quejarse Fray.
-Pues pasar el rato hablando, supongo- propuse.
Aún iba colocada de la noche anterior y no controlaba muy bien la situación.
-¿Podemos hablar de amor?- sugiere Rasputón que se arregla la camiseta por las caderas mientras habla por si puede seducir a algún lector.
-¿Amor? ¿Por qué?- quise saber- Yo no se nada de todo eso…
-Oh vamos, no me jodas, te pasas el día haciéndole el amor al mundo con tus payasadas- Fray me conocía bien…
-Pero eso es distinto…- y nos quedamos en silencio pensando en si realmente se puede hablar de amor.
-Pues vamos a hablar de Amor con mayúscula porque, es lo más justo teniendo en cuenta que has publicado lo que te conté sobre Lady Jane.
-Tranquilo Peter, relájate…- se me empezaron a hinchar los globos oculares- Porque es mi p*** blog y yo escribo lo que me sale del c*** ¿antesus?
Todos me miraban muy asustados, como temiendo lo peor… Entonces vi mi reflejo en un espejo y me di cuenta de que me estaba hinchando enterita de un ataque de cólera contra mi compañero quejita.
Tenía los globos oculares casi a punto de reventar, enrojecidos, como el resto de la piel. Pensé: parezco el tio aquel que cae en Marte en la película del grand-dioso Verhoeven, Totall Recall (o Desafio Total, con el Schwarzernegger).
También se me había hinchado un “dedo acusador” de la ira que señalaba a Peter.
Rasputón cortó la tensión que se respiraba en el aire.
-¿Es que no podemos hablar de amor?
-Sí- contestamos Peter y yo al unísono.
-¿Quién empieza?- preguntó Fray cómo queriendo salvarse el culo a la hora de comenzar por haber hecho él la propuesta.
-Podrías empezar tú ¿no Fray? ¿Quién es esa dama de la corte?
-Esto… aún no os incumbe, muchachos.
-Vamos tio, alguien tiene que empezar. Yo ya le conté anoche mis quebraderos de cabeza a la muchacha. Ten piedad, que tiene que escribir.
-Por cierto, eres un imbécil por dejar escapar a esa chica- le espetó directamente el pirata a Peter.
Todos nos quedamos en silencio hasta que Rasputón dijo:
-El último que se siente, la pringa- dando a entender que tenía que quien tardaba más en sentarse sería el que luego empezaría a contar un affaire en primera persona.
Cómo soy la más bajita de todos, fui la primera en llegar al suelo para sentarme. Luego llego al parquet mi amiga Ras que, pese a tener las piernas kilométricas, había hecho la propuesta y sabía que tenía que sentarse de antemano. Peter se sentó sobre la mesa y Fray quiso llegar al suelo pero, una de sus gatas, se interpuso en el camino.
-¡Joder Lluneta! Ahora voy a tener que hablarles a estos mierdas de la Princesa Irina.
-Tía, tráete las palomitas que huele a drama soviético con ese nombre tan ruso- me gritó Ras emocionada y cogiéndome del brazo.
Cuando llegué de la cocina con las jodidas palomitas, nuestro pirata empezó su historia…

La conocí en la playa. Yo me hallaba sentado con mi gata Akeru, viendo el atardecer. A mi alrededor solo había parejas besándose, dándose arrumacos, acariciándose…

-Vale colega, es un blog rosa, pero no te pases de azúcar que Peter es diabético.
-No lo soy- aclaró.
-Deja de quejarte o le pego fuego a tu Mac- le amenacé.
Fray siguió con su historia.

La brisa marina era una delicia y yo me hallaba en la mejor compañía: la animal. Me dediqué a dibujar a orillas del mar durante toda la puesta de sol. Cuando la luz por fin se fue, empezaron a volarme todos los dibujos que había hecho y uno, uno de ellos, encontró los zapatos de una jovencita.
Alcé la vista desde sus tobillos finos, subiendo por las medias, llegando al principio de una falda… Trepé por su cintura de sirena hasta llegar a sus pechos turgentes y a su cabello rubio y rizado.
Ella cogió el dibujo y lo miró. Se quedó un rato pensativa y, con una mano enguantada, se mordió el dedo sobre el encaje blanco del guante. Aquello me puso burrísimo.
Luego le dio la vuelta al dibujo y preguntó:
-¿Por qué me habéis retratado señor?
Y soltó una risita infantil. Cómo no había mucha luz no veía que ilustración había cogido, así que saqué el móvil y alumbré. Había ido a coger el dibujo de una sardina muerta de toxicidad. No entendí muy bien porque se creía que la había retratado. Debía tener muy mal concepto de si misma, supongo…

-Mira Fray, no me creo nada de lo que cuentas: las jovencitas no van con zapatitos a la playa. Ya solo me faltaba que me dijeras que eran de charol- vacilé.
-Además ¿quién lleva guantes de encaje blanco en primavera?- Ras dudó conmigo.
-Y no hay muchachas con risita infantil y ese cuerpo de tia buena que has descrito- añadió Peter.
-Vale, sí, os he colado un farol pero nadie dijo que la historia tuviera que ser real.
Me quedé pensando un rato. Sería interesantísimo conocer lo que pasaba por las retorcidas y calenturientas mentes de mis compañeros de piso, pero era todavía un reto más grande adivinar que pensaba a través de sus mentiras.
Mintiendo yo también, como parte del reto, debía intentar que no se me notara si era una media verdad o una media mentira.
Pese a toda esta diatriba que pasó por mi cabeza a la velocidad de la luz (los efectos de algunas drogas hacen que pienses con más agilidad, o eso te hacen creer), tenía que imponer la norma de que la historia tenía que ser de verdad, por si colaba. Sabía que todos ellos mentirían, igual que yo. Pero en sus mentiras estaría reflejado su verdadero estado de sus vidas con su hábitat natural.
El humano encarcelado… ¡qué interesante el estudiar a este ser!
(risa maligna y fade out + fundido a negro)

El origen de Aqualung

Aquel día llegué a casa al mediodía. Me quemaban los ojos y me dolían los oídos. No por nada especial pero, como todo gilipollas, yo también creo tener superpoderes.
Los míos tienen que ver con los elementos: si canto, llueve; si salgo sin gafas de sol, fijo que pega un Lorenzo cancerígeno; si decido ir a la peluquería (cosa que no decido muy a menudo), seguro que sopla un viento capaz de levantar las piedras.
Ese día me quemaban los ojos y me dolían los oídos.
Recuerdo que se lo comenté a Peter, uno de mis compañeros de piso.
-Oye Peter, ¿te he dicho ya que me queman los ojos?
-Sí- se resignó – cómo 50 veces y eso que me acabo de levantar de la siesta.
Peter hace siesta porque trabaja con su ordenador por las noches. No sé muy bien a que se dedica, pero creo que es programador. Es más blanco que Andrés Iniesta ya que duerme durante el día.
A lo mejor por eso le conocemos tan poquito.
Aproveché que Rasputón se levantaba a coger un vaso de leche para contarle también mis sensaciones.
-Ras… va a pasar algo chungo.
-¿Por qué? ¿Qué crimen has cometido ya?
-¿Yo? Un carro de ellos, pero no son muy confesables…
Me quedé en silencio pensando en mis crímenes y olvidando a que cojones había venido la conversación
-Oye neni, si no quieres nada más, me vuelvo a dormitar…
-Sí, ya recuerdo…- y sin improvisar, recordé – Compra papel de Wc!
-Repítemelo mañana para que me pase por el Caprabo…
Ras tenía un miedo terrible a ir al Caprabo. Yo le tengo pelusa a las bolsas esas de plástico de mierda que te cortan la circulación.
A ella sin embargo, lo que le aterraba era un pequeño acosador del barrio que estaba loco por ella.
Ras siempre intentaba ser amable con el individuo, pero ese personaje al que llamaremos… Brian (por ejemplo), se convertía en un maldito pulpo verbal tras estacionarse una horita tras la estantería de licores y alcoholes variados.
“Ras, puedes quedarte a dormir en mi cama”, “Ras, quien te pillara…”, “Ras, ven a mi casa” eran algunas de las muchas tontunas que le daban a Brian que, en el fondo y muy en el fondo, era un gran galán.
Volvamos al día en que empezó todo:
Cuando Rasputón volvía hacía su habitación con el vaso de leche en una mano y las galletas en otro, le grité:
-¿Te he dicho ya que me duelen los oídos?
-¿Y es por eso que gritas?
-No, es para que me oigas, mi amor. Eso significa que algo extraño va a pasarnos.
Otra puerta de la casa se abrió.
-Pues lo extraño te pasará a ti, carapene. Por lo que a mi concierne, he quedado esta noche con una princesa que abandonará su reino por unos momentos para fugarse conmigo.
-No te flipes, Fray… la última no sólo tuvo que volver a su castillo, sino que la encerraron en el torreón.
Fray era el cuarto habitante del pequeño piso. Le llamamos Fray por Fray Langstrum, el padre pirata de Pipi Langstrum.
No se parece un carajo al señor en cuestión, pero buscábamos un nombre poco ostentoso de pirata con el que llamarle.
En realidad, Fray no había tenido un nombre definido hasta que nosotras (Ras y yo), se lo pusimos.
La gente solía gritarle groserías por la calle y las mujeres se sonrojaban al paso de sus ojos golosos.
-Si me lo permiten la señora y el pirata, me voy a dormir- aclaró la del vaso de leche.
Tras decir eso, se oyó un estruendo y nos colocamos los tres bajo el marco de la puerta de la habitación de Ras.
Peter siguió devorando su bol de cereales sin inmutarse.
Sí se movió con la segunda sacudida, que hizo vibrar los fundamentos de la edificación. Se colocó bajo la mesa y siguió comiendo.
Le miramos atónitos porque no nos atrevíamos a mirar nada más.
Estábamos acojonados…
-¿Qué os había dicho?
Y respondieron todos al unísono:
-¡Qué te queman los ojos y te duelen los oídos!
Lo primero que pensé cuando les oí decir aquella chorrada a viva voz fue “por Dios, que chorrada”. Una obviedad descomunal.
El segundo pensamiento fue algo más elaborado: posiblemente tenía aquellos síntomas, debido al cansancio, al consumo de estupefacientes y blablabla.
El tercero de dichos argumentos para explicar mis duales malestares, dirigió mis pasos hasta la ventana más cercana decretando que estaba equivocada.
No había luz y no conseguía ver la calle. Un humillo polvoriento cubría el paisaje que normalmente veíamos al levantar las persianas (es que no tenemos cortinas).
Cuando por fin Fray se decidió a abrir la ventana, un puñado de arena entró hacía nuestro humilde hogar.
Ras fue a abrir la puerta.
-Cuidado Ras- grité al percatarme del peligro- El mundo se ha vuelto del revés y estamos sepultados bajo tierra.
Cuando mi compañera abrió, lo hizo despacito porque, pese a no creerse mi advertencia, tampoco confiaba mucho en su seguridad. Giró el pomo y asomó la cara. Tras comprobar que yo decía la verdad, cerró de golpe.
-La has liado parda… ¿se puede saber dónde has estado esta noche?- me dijo con cara de querer estrangularme.
-Yo os avisé de mis superpoderes: si me pican los ojos y me duelen los oídos, algo gordo va a pasar.

domingo, 10 de mayo de 2009

Lady Jane Grey

-Peter ¿que haces despierto a estas horas?- pregunté para ser amable.
-No puedo dormir… no dejo de pensar en Lady Jane Grey.
-¿La reina de los nueve días?- aquella confesión sí me había impresionado realmente.
-No, esa no… - y se quedó mirando al suelo.
-Por un momento había temido alguna perversión sexual decantada hacía los retratos de damas de la corte inglesa del siglo XVI…
Esperé un ratito para ver si seguía con la explicación de su insomnio. Cómo vi que no recibía estímulos, le di una palmadita en el hombro. Peter seguía atrapado en su mundo. Me puse frente a él agitando los brazos sin hacer mucho ruido porque Rasputón dormía.
Peter ni se inmutó.
Al cabo de un rato, pareció volver en si…
Yo estaba intentando liarme un porro con el dedo gordo de la mano derecha medio mutilado debido a un corte cocinando. Llevaba una tirita, pero me la había quitado para liar. Pensándome que así la tarea me sería más fácil, la puta providencia vino a joderme una vez más: el jodido pegamento se me había quedado pegado en la uña y en el dedo y se me había quedado mucha marihuana pegada… Cuando por fin había conseguido sacarla, le había llegado el momento al papel. En ese momento en que intentaba que el Boyoré no se me pegara en la uña, fue cuando Peter despertó de su letargo para ofrecer ayuda…
-¿Te hecho una mano?- dijo tímidamente.
-No, no, no- le grité.
-Eso es afán de superación, sí señor.
Me lo quedé mirando con cara de odio. Ya habían pasado como unos diez minutos desde nuestra primera conversación, cuando lo había visto salir de la cocina con otro bol de cereales.
-Verás, la Lady Jane de la que te hablaba no es la reina de los nueve días, pero bien podría serlo…
-Peter, no te pillo y estoy concentrada a esto del peta ¿no lo ves?- me quejé ya desquiciada por estar haciéndome un canuto trompetilla y coñete, que más se parecía a los cigarros de mierda que se lía Fray.
Mi compañero de piso me arrebato el porro de las manos y se puso a liarlo él, de una forma un tanto vacilona, como si me estuviera diciendo “niña, así se lía un petardo”.
Resentida aunque agradecida, seguí el procedimiento con los ojos mientras escuchaba lo que Peter me decía…

Historia de Lady Jane Grey

Todo pasó hace un mes.
Conocí a Jane una noche, volviendo a casa en autobús. Una breve conversación, muchas miradas cruzadas y la invitación de que subiera a su piso a tomar la última copa.
Todo surgió solo y, en pocos minutos, me vi entre sus brazos bajo las sábanas de una cama que no era la mía. Una cosa llevo a la otra y el sexo surgió como por arte de magia.
Sin saber muy bien porque, no sé si por presentimiento o por calentón o por la crujida que llevaba, me dejé llevar hasta el último momento.
A la mañana siguiente desperté en esa misma cama de la noche anterior, con una chica a mi lado que tenía la misma cara de sueño que yo.
Tuve que irme a ver a unos clientes y la dejé allí, en su piso. Pero no sin antes establecer con ella “una forma de contacto”.
A Lady Jane Grey le gustan mucho los extraterrestres, tiene esas cosillas y, la frase le hizo mucha gracia. La verdad es que se reía de prácticamente todo lo que le decía, no sé si por el colocón constante que llevaba o porque yo le gustaba realmente.
De todas maneras, acordamos no enamorarnos.
Me pasé el resto del día pensando en ella. No podía pensar en otra cosa: veía chorradas en los escaparates y pensaba que serían un buen regalo, me hice la comida pensando si le gustaría, escogí mi ropa interior pensando en que cara podría si la viera…


-Eso puedo decírtelo yo…- y haciendo una mueca, puse cara de repulsión.
-No seas cruel… - me dijo bajando la cabeza y mirando hacía mi en un contrapicado.
-Prosigue con Lady Jane Grey…

Me había enamorado de forma irracional de una persona completamente desconocida. ¡Y no sabía como pararlo!
Le mandé un mensaje.
Las horas pasaron hasta que me lo contestó y esas cuatro horas, me sentí lleno de nervios; una mezcla de ilusión e incertidumbre.
El mensaje fue simple: me proponía quedar en alguna ocasión. Después de darle muchas vueltas, la llamé al día siguiente y quedamos.
Aquella chica me gustaba realmente y, cuando sonría, conseguía parar el tiempo. Con ella me sentía en una nube, todo era fabuloso.
Seguimos unos días viéndonos. Era la historia perfecta, la relación que había soñado, todo iba “viento en popa” que diría Fray.
Al principio no me preocupé mucho por las consecuencias. Vivía todo el tiempo que podía y tenía junto a ella, solo quería quedar con ella, me apetecía verla sonreír a todas horas, quería hacerla feliz… pero vivíamos en mundos muy distintos. Siempre creí que ella venía de Marte…
Tuve el presentimiento de que aquello no sería siempre tan perfecto, qué llegaría un día en que nos aburriríamos el uno del otro, en que no entendería lo que quisiera decirme, y me entró pánico. Miedo escénico, le dije.
Lady Jane Grey se lo tomó de maravilla: no me pidió nada, ni me reprochó nada, me dio tiempo para meditar y siguió sonriendo como si no le hubiera roto un trocito de corazón.
Los días siguientes traté de evitarla. Más por miedo a mi mismo que por temor al reproche, porque Jane es una delicia…
Todo esto pasó en un tiempo récord de nueve días… como los días de reinado de la Lady Jane Grey original. Y he pensado que sería un buen mote.
A cada momento que pasaba seguía persiguiéndome el terror a perderla para siempre, pero aún así no me atreví a llamarla.
Ahora ya hace un mes de eso, un mes de nuestro encuentro en el autobús.


-¿Y por eso no puedes dormir?
-Es que se ha ido, se ha esfumado, ha desaparecido de mi vida y… la echo de menos.
-Tranquilo Peter, se te pasará. Todos nos llevamos desengaños amorosos.
-Pero la echo de menos, quiero volverla a ver.
-Tío, tienes el síndrome del editor y la novela perfecta.
-¿Cómo funciona eso?
-Pues verás…- empecé a contarle mi teoría.

Tú eres el editor y te llega un completo desconocido y te presenta la mejor novela que has leído en tu vida. Tu la lees una vez y otra, y otra y parece que ya has dejado de ser objetivo. Empiezas a obsesionarte con la novela y se la pasas a tus contactos para que ellos valoren.
La novela en esencia es perfecta, pero tienes las típicas dudas del editor: ¿se venderá bien siendo el autor desconocido? ¿Será el público suficiente bueno para esta novela?
Cuando preguntas la opinión a la gente a la que se la has dejado leer, te responden con un “muy buena, esta muy bien”, o “sí, esta bien, aunque no sé si se venderá bien el género”.
No te ayudan demasiado y finalmente, decides publicarla con algunos arreglos de tu puño y letra.
Y la novela deja de ser perfecta bajo tu titánico influjo. Y tal vez se venda, pero ya no será nunca más esa fantástica lectura que tuviste un día la oportunidad de leer. Y para colmo, dudo que el escritor novel quiera seguir haciendo tratos contigo, así que mejor vete olvidando del resto de obras de arte que siguen a esa primera y empieza a maldecirte por lo que has hecho.

-¿Me estás diciendo que la cagué y ya no hay nada que hacer?
-Eso mismo…- y queriendo quitarle peso añadí: - pero no te tortures hasta el fin de tus días.
-Pero… ¿qué voy a hacer?
-Puedes empezar a buscarla en el autobús nocturno.
Y diciendo esto, me cedió el porro que me había liado él muy amablemente.
Dando las buenas noches tras apurar mi vaso de tequila, salí por la puerta de casa a las tantas de la madrugada de un martes cualquiera.

sábado, 9 de mayo de 2009

Entrando en Aqualung

Inauguro este nuevo blog con la recomendación de que no intenten esto en sus casas y menos, bajo la supervisión de un adulto como quién se presenta, con tanta farsa y tanta tontería.
Que sí, que soy yo. Otra vez la pesada que no puede dejar de abrir blogs para luego no escribir en ninguno de ellos.
Si es que para eso estamos los taraos, para estorbar.
Ah, y para contar mentiras, de las grandotas.
Por cierto, voy borracha y estoy tan a gusto conmigo misma que eliminaría al resto de la humanidad. Pero calma mis pequeños… aún estoy buscando la fórmula secreta para conseguirlo!
Por lo demás, preparad vuestros ojos de lektores y lektrizes (Divinas Palabras con permiso de Valle-Inclán) para otra de mis “idas y venidas de olla” variadas y pintorescas.
Y no perdáis detalle: tendremos colaboraciones la ostia de especiales.